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Para muchos fue algo realmente difícil de creer la polémica originada a raíz de los problemas existentes en el iPhone 4. Fue una auténtica debacle para la compañía de Cupertino y una confirmación de que en Apple, a pesar de sus esfuerzos, no todo sale tan bien como se esperaba. Todos somos humanos y podemos cometer errores.

Pero el hecho de que fuese precisamente la empresa guiada por el ánimo perfeccionista que siempre ha caracterizado a Steve Jobs la que se viese inmersa en un asunto que llegó a rozar lo macabro como, fue el ya sobradamente conocido ‘Antennagate’, lo que hizo poner en tela de juicio todos y cada uno de los desarrollos de la casa.

Primero llegaron los desmentidos para luego, con las numerosas confirmaciones del fenómeno elevadas a la Red por parte de un buen número de usuarios, llegase la confirmación oficial de que Apple no había hecho bien sus deberes, no sin aprovechar la coyuntura para dejar constancia de que terminales de otros fabricantes padecían el mismo mal.

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El cruce de acusaciones entre las diferentes marcas no hizo otra cosa más que enrarecer aún más un ambiente nada halagüeño para los potenciales clientes. Fue como si ese halo incorruptible de magia que rodea todos los productos que comercializa Apple hubiese desaparecido, siendo sustituido por la sombra de una duda razonable sobre el buen hacer de los de Cupertino.

No es la primera vez que Apple asume un fallo en alguno de los múltiples productos. De hecho, al igual que esas otras ocasiones, el servicio post-venta puso en marcha los trámites necesarios para que los insatisfechos clientes pudieran devolver sus terminales o hacerse con una funda que ‘atenuaba’ los efectos causados por el erróneo diseño de su antena de forma totalmente gratuita, además de la pertinente actualización de software.

Sin embargo, todo el asunto pareció una daga en el corazón de la compañía que hacía tambalear los cimientos de la nueva generación de su producto estrella. De hecho, no pocos rivales aprovecharon la ocasión para tratar de alzar sus voces y proclamar a los cuatro vientos las bondades de sus productos.

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Pero sólo Google y su plataforma móvil Android parece seguir la tendencia ascendente, ya marcada con anterioridad a todos estos sucesos, pone en peligro la ‘hegemonía’ de Apple.

A la acostumbrada cita de todos los meses de julio desde hace ya cuatro años, un cada vez más avejentado Steve Jobs se subirá al escenario para descubrirnos un nuevo modelo.

Él y sus acólitos no sólo tratarán de ofrecer una revolución definitiva de su propio concepto de teléfono, sino que tendrán que convencernos para que depositemos sobre ellos y su producto algo más difícil de recuperar que una buena cantidad de millones de dólares: la confianza.

Un bien que tan sólo es valorado cuando las extensas colas a las puertas de las tiendas desaparecen… y quien dice Apple, dice cualquier otra marca.

ACTUALIZACIÓN: a tenor de los comentarios recogidos en el artículo por parte de los lectores creo pertinente realizar una serie de aclaraciones al respecto.

En primer lugar, me gustaría aclarar mi falta de interés por generar polémicas con el fin de provocar enfrentamientos de diversa índole entre comentaristas, y mucho menos, alterar los ánimos de aquellos que se hayan sentido ofendidos por algunas de las opiniones vertidas en el artículo, en cuya exposición posiblemente no he estado muy acertado. Si ha sido así, quisiera manifestar mis más sinceras disculpas, esperando un trato equitativo por parte de aquellos que se han dirigido a mi, incluso mentando mi nombre, con mayor o menor acierto.

Quizás haya sido poco acertado no incluir datos referentes a otros fabricantes en este aspecto, centrando la casuística en todo el asunto de Apple y los fallos del terminal en cuestión con el único propósito de dejar constancia de que si esto puede ocurrir a los de Cupertino, qué no podría pasar en el resto de las compañías.

Gracias a todos por vuestra participación.

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