Cada vez hay menos padres subiendo a la red las fotos del móvil de sus hijos. El culpable tiene nombre y apellidos

En la era de la inteligencia artificial la privacidad visual infantil se ha convertido en un terreno especialmente vulnerable

Miguel Jorge

Editor

Hasta hace no mucho, los móviles de cientos de miles de padres contenían un gigantesco álbum donde se mostraba el día a día de sus hijos, y muchas de esas fotos terminaban en las redes sociales de los adultos que mostraban con orgullo a sus descendientes. Eso ahora está cambiando en Estados Unidos, y probablemente en el resto del mundo. Y la culpa es de los algoritmos.

El auge de una decisión. Lo contaba con un ejemplo el New York Times. Tras el nacimiento de su hija, un hombre decidió no difundir fotografías suyas en redes sociales, sumándose a un grupo creciente de padres que adoptan esta postura por motivos vinculados a los riesgos de la inteligencia artificial. Aunque la práctica del sharenting (compartir imágenes y momentos de los hijos) se ha normalizado durante dos décadas, y solo una cuarta parte de los padres la evita por motivos de seguridad y privacidad, la irrupción de aplicaciones que generan desnudos falsos (nudifiers) mediante IA ha introducido un nuevo y alarmante factor.

Estas herramientas, baratas, accesibles y cada vez más usadas incluso en entornos escolares, permiten fabricar imágenes pornográficas creíbles a partir de cualquier fotografía, causando un daño psicológico comparable al de una exposición real. La legislación federal estadounidense prohíbe publicar estas imágenes sin consentimiento, pero no la existencia de las aplicaciones, muchas radicadas en el extranjero, lo que dificulta su control efectivo.

Facilidad para “crear”. Las nudifier apps requieren únicamente subir una imagen para producir el contenido manipulado, y su modelo de negocio (basado en suscripciones y micropagos) les ha permitido generar ingresos millonarios. Según la investigación de Indicator, unas 85 webs de este tipo mueven alrededor de 36 millones de dólares al año.

Meta ha denunciado a desarrolladores en Hong Kong y comparte información con coaliciones tecnológicas para frenar su difusión, pero el acceso sigue siendo sencillo: basta conocer la dirección de una página para llegar a ella. Casos recientes en Iowa y Minnesota evidencian el alcance escolar del problema, donde alumnos fabrican imágenes falsas de compañeros, lo que ha impulsado propuestas legislativas estatales para restringir o sancionar a las empresas responsables.

Más allá de la IA: amenazas persistentes. Aunque el foco actual esté en los deepfakes, las imágenes de menores publicadas en redes pueden exponer datos sensibles aprovechables para otros delitos, como el robo de identidad. Publicar fotografías de cumpleaños, por ejemplo, revela fechas de nacimiento que, combinadas con datos filtrados en brechas de seguridad, permiten a ciberdelincuentes suplantar la identidad de un menor.

A ese respecto, la FTC estima que el robo de identidad infantil aumentó un 40% entre 2021 y 2024, afectando a 1,1 millones de menores cada año, por lo que expertos aconsejan medidas como congelar el crédito de los hijos.

Limitaciones de la privacidad en redes. Restringir el acceso a las publicaciones mediante cuentas privadas reduce el riesgo, pero no lo elimina: gran parte de los abusos en materia de imágenes de menores proviene de personas cercanas a la víctima.

Aquí surgen casos como el de una madre de Utah, que hace una década descubrió fotos de sus hijos (compartidas solo con familiares en Facebook) publicadas en webs pornográficas, y que demuestran que el control sobre la audiencia no garantiza seguridad.

El incentivo real de plataformas. De fondo, algo que a veces no se recuerda los suficiente: aplicaciones como Instagram, Snapchat o TikTok permiten compartir contenido con rapidez, pero el beneficiario principal es la propia plataforma, que recopila datos para retener a los usuarios, incluidos los menores, el máximo tiempo posible.

Plus: numerosos estudios vinculan el uso intensivo de redes entre jóvenes con problemas de salud mental como ansiedad, depresión y soledad. En ese contexto, entregar decenas de miles de datos sobre un menor antes incluso de que tenga presencia digital voluntaria refuerza la capacidad de las plataformas para explotarlo comercialmente.

Alternativas más seguras. Para quienes deseen compartir imágenes con bajo riesgo, el Times recomienda canales cifrados como mensajes de texto a contactos cercanos, o álbumes privados en servicios como iCloud o Google Photos.

Reconoce, sin embargo, que la protección total es imposible, ya que las propias escuelas publican imágenes de alumnos y, en el futuro, los hijos decidirán sobre su presencia en línea. Hasta entonces, posiblemente estos padres seguirán evitando cualquier publicación que exponga a sus hijos a riesgos innecesarios, quizás conscientes de que en la era de la inteligencia artificial, la privacidad visual infantil se ha convertido en un terreno especialmente vulnerable.

Imagen | Pexels

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