En Japón, muchos móviles se vendían priorizando el nombre Galaxy y dejando el logo de Samsung casi invisible
Durante mucho tiempo, en Japón pasó algo rarísimo: alguien compraba un móvil de Samsung y, en vez de encontrarse el logo bien grande, lo que mandaba era el apellido Galaxy. Nada de orgullo corporativo en el chasis, nada de “mírame, soy Samsung”. Era casi como si el teléfono quisiera colarse de puntillas en el bolsillo.
Y lo interesante es que esa decisión encaja con una idea que se repite cada vez que una marca prepara un gran lanzamiento: primero te gana el producto y luego ya hablamos de identidad. Algo parecido a cómo ahora Samsung está calentando el terreno del Galaxy S26 con todo lo que se ha ido comentando estos días alrededor de este dispositivo.
Japón no es solo un mercado grande, es un mercado con memoria larga
La clave está en el contexto. Japón es un país tecnológicamente exigente, sí, pero también muy sensible a la reputación y a la carga cultural de las marcas. Y ahí, durante años, la relación histórica y social con Corea del Sur ha tenido suficiente fricción como para que un logo coreano muy visible pudiera convertirse en un pero innecesario antes incluso de probar el móvil.
Así que la jugada fue pragmática: centrar la conversación en Galaxy porque suena global, tecnológico y neutro. En tienda, en publicidad y en el propio dispositivo, Galaxy era la etiqueta protagonista. La marca corporativa quedaba en segundo plano para que el primer contacto fuese con la experiencia, no con la geopolítica.
A todo esto se sumaba un detalle importante: Japón ha sido históricamente un país muy iPhone. En un escenario así, cualquier fricción extra, podía hacer que mucha gente ni llegase a tocar el dispositivo.
Por eso, minimizar el logo era una forma de reducir excusas. Primero, que el usuario diga “este móvil va fino” o “esta pantalla se ve de lujo”. Después, si cuaja, ya habrá tiempo de construir marca. Es el mismo tipo de lógica que se ve cuando una función se vende como experiencia cotidiana antes que como tecnología, como está ocurriendo con el ruido que está generando la futura Privacy Display para evitar miradas indiscretas.
Los operadores tenían mucho mando y eso también cambia el “branding” del teléfono
Otro matiz muy japonés es el peso de los operadores. Durante años, gran parte del mercado móvil allí ha estado muy mediado por las grandes telecos, que controlan distribución, campañas y percepción del producto. Muchas veces el teléfono se entiende casi como “el móvil del operador”, más que como “el móvil de la marca”.
En ese contexto, vender Galaxy como gama era más flexible: permitía a Samsung adaptarse mejor a cómo los operadores presentaban los dispositivos, sin pelear tanto por imponer su sello corporativo desde el primer segundo.
De todas formas, hay que dejar claro que ocultar el logo no significaba falta de confianza en el producto. Al revés. La apuesta era clara: si el móvil gusta, el usuario se queda. Y cuando el usuario se queda, el nombre Samsung empieza a pesar menos como barrera y más como garantía.
Con el paso del tiempo, el viento cultural también ha cambiado. La ola global de cultura coreana ha mejorado la percepción de las marcas del país, sobre todo entre generaciones más jóvenes, y Samsung ha empezado a mostrarse con más seguridad, invirtiendo en posicionamiento premium y presencia propia.
Imágenes | Dall-E con edición, Samsung
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