
Al volver a jugar a títulos de nuestra infancia buscamos recuperar a ese niño que fuimos
Entre los 10 y los 25 años, las experiencias quedan vinculadas neuroquímicamente a nuestra personalidad
Reencontrarnos con los videojuegos a los que jugábamos en nuestra infancia o adolescencia es un auténtico placer adulto. Más allá de un momento de entretenimiento, según estudios psicológicos, esto revela mucho acerca de la persona que sigue recurriendo a títulos retro como la Serpiente de los antiguos Nokia, Tetris, PacMan o incluso Super Mario 64.
No hablamos de placer o ‘fast fun’, es algo mucho más profundo: recuperar a la persona que fueron en el pasado.
Los videojuegos retro como máquina del tiempo
Esa obsesión por las películas o las series del pasado no es casualidad. Volver a jugar a ciertos videojuegos de antaño, tampoco. No se trata de “lo de antes era mejor”, porque es evidente que los gráficos y la jugabilidad actual dan mil vueltas a los títulos de nuestra infancia.
Si tú también te has pasado varias veces el Super Mario 64, si en ratitos libres te encanta echar una partida rápida al Tetris o la Snake o si nada te apetece más después de un día de vida de adulto que construir tu casa en Los Sims o tu parque de atracciones en el Theme Park World, tenemos algo que decirte.
Según la psicología, al jugar a videojuegos retro, buscamos ese yo que ya no existe hoy en día. Buscamos regresar a un lugar que quedó en el pasado y con ello también a lo que nosotros fuimos.
Como mecanismo de desconexión de esa vida adulta que nos absorbe (y que no siempre es como habíamos idealizado), nuestro cerebro elige volver a lo conocido, a aquello que relacionamos con una vida pasada. Según explica una investigación de la Universidad de Colonia, los videojuegos retro son un potente recurso psicológico para lograrlo.
Curiosamente, los videojuegos son un disparador mayor que las películas o las series por su formato interactivo. Al tomar el mando, se activa tu memoria visual, tu sentido espacial y tus habilidades motoras. En cierto modo, es como volver al pasado colándose por una ventana que ha permanecido exactamente igual a lo largo de los años.
La añoranza de lo que fuimos
Este mecanismo de regreso se conoce en psicología como la búsqueda de la continuidad del yo. Esa añoranza por la persona que uno era antes se materializa a través de los videojuegos como un intento inconsciente de “abandonar” el adulto que somos para recuperar al niño despreocupado que quedó en el pasado.
Sentir placer y alivio jugando a videojuegos clásicos no es solo una cuestión de entretenimiento. Es un puente emocional hacia una etapa de nuestra vida en la que no sabíamos qué era una Declaración de la Renta, la IA no amenazaba con quitarnos el trabajo y Teams no sonaba continuamente.
No hay desafío, solo rutina aprendida
Pero, además, el encanto de volver a pasarnos esos videojuegos que nos sabemos de memoria es precisamente ese. No hay sorpresa, no hay emoción ni intriga porque, de alguna manera, nuestro cerebro sabe exactamente qué viene a continuación. Pero aún así lo disfrutamos.
Lo disfrutamos porque el cerebro es capaz de detectar patrones en fracciones de segundo y no supone un reto cognitivo como tal, lo cual también nos ayuda a descansar.
Pero, ¿cómo es posible que recordemos perfectamente dónde está la moneda estrella del nivel 4 de Super Mario Bros, pero no recordemos qué comimos ayer? Esto se llama “pico de reminiscencia” en psicología cognitiva. Entre los 10 y los 25 años, el período en el que se forma nuestra identidad de un modo más intenso, las experiencias se almacenan en nuestro cerebro de una forma mucho más profunda y emocional que las posteriores. Es más: estas experiencias quedan vinculadas neuroquímicamente a nuestra personalidad.
Por eso, volver a jugar a títulos sencillos del ayer no va de ocio: es un regalo de tu cerebro, capaz de ofrecerte una protección emocional para dejar de lado por un ratito el estrés de la vida del adulto que eres hoy.
Imagen de portada | Generada con Gemini
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