
Una charla que parece cotidiana puede cambiar de rumbo antes de que el menor haya tenido tiempo de reconocer con quién está hablando realmente
El peligro de una conversación en Internet con el móvil no siempre llega después de semanas de confianza. Un estudio de la Universitat Politècnica de València ha analizado 70 chats reales entre personas agresoras y menores, llegando a encontrar que la solicitud de contenido sexual puede aparecer casi desde el principio.
El trabajo se centra en las palabras y estrategias utilizadas para obtener imágenes o vídeos íntimos. Sus resultados ayudan a entender por qué los controles parentales del móvil son útiles, pero no infalibles: una herramienta puede limitar aplicaciones y horarios, pero no interpreta por sí sola la intención de quien escribe al otro lado.
Más de la mitad de las peticiones llega muy pronto
En más de la mitad de los chats estudiados, la primera solicitud de imágenes o vídeos sexuales apareció durante los cinco primeros turnos de conversación. El estudio mide intervenciones, no minutos exactos, por lo que el cambio de tono puede producirse después de intercambiar apenas unos mensajes.
Nuria Lorenzo-Dus, Andrea García-Montes y Carmen Pérez-Sabater firman el primer análisis corpus-pragmático en español que estudia ambos lados de estos chats cuando se solicita material de abuso y explotación sexual infantil.
El engaño no siempre empieza con una amenaza
Los chats revelan que las peticiones directas pueden aparecer rodeadas de cercanía, afecto y una confianza aparentemente inocente. La cortesía fue más frecuente en las solicitudes analizadas. De este modo, una conducta abusiva se presenta como si fuese una prueba de cariño o un intercambio normal dentro de una relación.
Andrea García-Montes explica que muchas personas agresoras construyen primero “una relación aparentemente cercana” para normalizar la explotación sexual. También pueden intentar crear compromiso o una deuda emocional. Si aparece la presión abierta, puede apoyarse precisamente en esa sensación de que el menor le debe algo a la otra persona.
El patrón importa porque desmonta la idea de que siempre habrá insultos, amenazas evidentes o un desconocido comportándose de forma extraña desde el saludo. También explica por qué un simple filtro de edad no basta para proteger a los menores.
Los menores hablan de su vida y el agresor cambia el tema
El análisis encontró una diferencia clara. Los niños y adolescentes suelen hablar de asuntos personales o cotidianos, mientras que la persona agresora conduce pronto la conversación hacia contenidos sexuales. Esa desviación rápida es una de las señales que podrían aprovechar futuros sistemas de detección.
Las investigadoras estudian cómo evoluciona la conversación, la forma de hacer las peticiones y los recursos empleados para influir. Carmen Pérez-Sabater señala que esas señales lingüísticas pueden facilitar la detección temprana.
El hallazgo refuerza la importancia de hablar con los menores antes de que aparezca el problema. Deben saber que pueden cortar una conversación cuando les incomode una petición, incluso si la otra persona parece amable o dice tener su misma edad. Tampoco tienen ninguna obligación de enviar una imagen para demostrar confianza.
Si ya ha ocurrido, conviene evitar reproches y ayudar a conservar los mensajes, bloquear la cuenta y denunciarla dentro de la plataforma. La prioridad es que el menor lo cuente sin miedo a perder el teléfono o recibir un castigo. La supervisión técnica puede ayudar, desde la Sincronización Familiar de TikTok hasta los ajustes del sistema, pero necesita una vía de comunicación abierta con un adulto de confianza.
El estudio forma parte del proyecto PRECISION, financiado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, y busca mejorar las herramientas de prevención y detección.
Imágenes | Proyecto PRECISION con edición
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