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¿Cómo se anclan los cables submarinos al fondo del mar? Fácil: no se anclan

Cables Submarinos
  • El 99% de la conexión a internet viaja a través de unos 600 cables que descansan en el fondo de los océanos

  • El propio peso del cable es suficiente para mantenerlo estable en zonas abisales

Editor

El internet que consumimos a diario, las transacciones de las bolsas y hasta nuestros mensajes de WhatsApp no viajan por el aire. El 99% de las comunicaciones globales dependen de una enorme red física: una maraña de 600 cables submarinos de fibra óptica que surcan los océanos del planeta, sin contar los que quedan en desuso. Son autopistas de información y, como toda infraestructura sumergida, generan mucha curiosidad sobre su construcción.

Recientemente, durante la emisión de un episodio del podcast «No es el fin del mundo», los presentadores debatieron sobre un aspecto concreto de esta obra de ingeniería: ¿Cómo diablos se anclan estos cables al lecho marino para que las corrientes no se los lleven? Tras darle vueltas al asunto, dejaron la pregunta sin resolver. La respuesta, sin embargo, es mucho más sencilla —y menos peliculera—de lo que imaginamos.

La física del fondo del mar

Para los curiosos que tienen esta duda concreta o que escucharon el programa, la respuesta corta es directa: los cables submarinos no se anclan en las zonas profundas, simplemente caen al fondo por su propio peso.

Imagen: Maksym Kaharlytskyi para Unsplash

Tal y como señalan los expertos y confirman informes de la Comisión Europea (JRC), cuando un barco cablero despliega la fibra óptica en el océano profundo (a más de 2.000 metros de profundidad), el cable descansa sobre el lecho sin ningún tipo de fijación: ni tornillos ni amarres.

Esto funciona así por dos motivos que apuntan a la física más elemental:

  • El peso del material: un cable de telecomunicaciones no es un simple hilo de fibra. Aunque su diámetro suele ser fino (entre cuatro y cinco centímetros), su núcleo está acorazado. Está cubierto por tubos de cobre, capas de polietileno, revestimientos aislantes y armaduras de alambre de acero. Esta protección hace que el cable sea denso y pesado, tanto que se hunde y queda clavado en el fango o la arena del fondo oceánico.
  • La calma abisal: a grandes profundidades, el océano es muy tranquilo. Las corrientes marinas de la superficie apenas tienen impacto a miles de metros de profundidad. Sin corrientes que los empujen ni redes de arrastre de pesqueros que los enganchen, el riesgo de que los cables se muevan es prácticamente nulo.

Eso sí, hay un escenario donde la industria sí se preocupa de fijar la instalación: en aguas poco profundas y cercanas a la costa. En estas zonas de la plataforma continental, los cables se enfrentan a amenazas constantes como anclas de barcos, redes de pesca o la influencia de las mareas.

Una infraestructura bajo tensión geopolítica

Entender cómo se posan los cables submarinos es solo la punta del iceberg. Más allá de la física, el dominio de estas redes es un tablero de ajedrez donde las grandes corporaciones se disputan la hegemonía global.

Históricamente, estos cables pertenecían a operadoras de telecomunicaciones, las cuales siguen impulsando el despliegue de cables, ahí tenemos el ejemplo reciente de Orange para conectar Europa y África. Sin embargo, el panorama ha dado un giro: gigantes de las Big Tech como Google o Microsoft ya financian más de la mitad de los proyectos de cableado.

Estas empresas consumen dos tercios del ancho de banda mundial y buscan rutas en lugares tan remotos como la Isla de Navidad, donde Google debe lidiar con millones de cangrejos para instalar su fibra.

Imagen: Submarinecablemap

A nivel político, EEUU mantiene una ventaja, siendo el país del que más cables emergen. Pero China ha encendido las alarmas en Washington construyendo una "ruta de la seda digital" a través de compañías como HMNTech, desplegando decenas de miles de kilómetros en África y Asia.

En este mapa de datos, España juega un papel fundamental. Nuestra península actúa como el gran nodo del continente: alrededor del 70% de los datos que llegan a Europa pasan por España o Portugal. Se trata de una infraestructura que los portugueses ya ven como la excusa perfecta para atraer industria tecnológica y dejar de depender del turismo.

No obstante, esta dependencia tiene una contraparte oscura: su vulnerabilidad. Incidentes en el Mar Báltico demostraron el riesgo de los sabotajes encubiertos, ataques que se disfrazan de simples despistes con un ancla.

Ante el vacío legal en aguas internacionales, varios gobiernos y la Unión Europea han comenzado a tratar las redes como "infraestructura marítima crítica". Incluso ministros de Defensa como el de Australia afirman que es un nuevo campo de batalla a vigilar con drones submarinos y buques militares.

Todo para asegurar que los cables que nos conectan sigan descansando tranquilos, sin anclajes, en la oscuridad del océano.

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