Mientras las gafas inteligentes luchan por pasar desapercibidas, los hechos están demostrando que tenemos un gran problema como sociedad

  • Las gafas inteligentes están planteando serios problemas de privacidad

  • En España ya ha habido detenciones por realizar grabaciones en la calle sin consentimiento

Noelia Hontoria

Editora

No hay nada de malo en los teléfonos móviles, en internet o incluso en la inteligencia artificial. Bien utilizados son herramientas realmente valiosas. El problema está, como siempre, en el uso que los humanos hacemos de ellas. Algo similar está ocurriendo con las gafas inteligentes, un tipo de ‘wearable’ evolucionado que avanza en eso de desterrar al móvil y que está planteando muchas dudas en el terreno de la privacidad. Y la culpa es solo nuestra.

La democratización de las gafas inteligentes. Después de varios años escuchando hablar de ellas, y con opciones que para nada podríamos usar en las calles, las gafas inteligentes encontraron el camino de hacerse un hueco en nuestra vida. Las Ray-Ban de Meta han ayudado a su democratización apostando por uno de los diseños de gafas tradicionales más icónicos, pero también la bajada de precio que propone Xiaomi ha logrado poner la siguiente piedra de un camino que ya tiene hacia dónde ir.

En China, van un paso más allá (una vez más). Se está popularizando el hecho de usarlas para pagar, simplemente escaneando un QR con la vista, algo que de momento no está disponible en España. Lo que sí está claro es que se van viendo cada vez más gafas inteligentes a pie de calle. Y con ellas han empezado los problemas.

El Gran Hermano. Una de las características de estas gafas ‘smart’ es que muchas de ellas vienen equipadas con una cámara, un micrófono o ambas cosas a la vez. Esto ya está dando lugar a incidentes, como la detención de un hombre en Barcelona por grabar a cientos de mujeres por las calles. En Reino Unido, una investigación llevada a cabo por la BBC ha encontrado docenas de vídeos y conversaciones grabados sin consentimiento. En Estados Unidos, incluso se han utilizado junto con un software de búsqueda inversa para identificar a extraños en la calle.

En realidad, el delito es el mismo que si se hiciera con la cámara de un móvil. Igual que si hablamos de grabar conversaciones. Da igual si la grabación se produce con unas gafas, un teléfono o un reloj. El problema reside en la “invisibilidad” que ofrecen los ‘wearables’ como las gafas. Si bien suelen incorporar un LED para que la otra persona pueda saber si la cámara está activa, algunos estudios concluyen que no es suficiente y que la realidad es que pueden pasar mucho más desapercibidas que un teléfono móvil.

No es que sea poco ético: es que es ilegal. Aunque en España no existe una legislación que hable explícitamente sobre las consecuencias del uso indebido de este tipo de gafas inteligentes, si acudimos al Código Penal encontramos en el delito contra la intimidad: “El que, para descubrir los secretos o vulnerar la intimidad de otro, sin su consentimiento, se apodere de sus papeles, cartas, mensajes de correo electrónico o cualesquiera otros documentos o efectos personales, intercepte sus telecomunicaciones o utilice artificios técnicos de escucha, transmisión, grabación o reproducción del sonido o de la imagen, o de cualquier otra señal de comunicación, será castigado con las penas de prisión de uno a cuatro años y multa de doce a veinticuatro meses”.

Un problema social. Antes de ayer el problema eran los móviles, ayer fueron los relojes y hoy son las gafas. Mañana será otra cosa. Y es que no es el objeto lo que causa el daño, es la forma en la que lo usamos.

Poco importa que el fabricante haga público un manual de uso responsable si como sociedad hemos normalizado que todo pueda ser grabado y compartido con terceros. La viralidad tampoco ayuda. Frenar el desarrollo de objetos como las gafas inteligentes no es la solución cuando el problema no está en las armas, sino en las manos que las utilizan.

Imagen de portada | Javier Lacort para Xataka

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