Llevo usando un móvil casi tonto un mes para evitar distracciones en el trabajo y en momentos importantes. Esto es lo que he aprendido

  • El elegido ha sido una BlackBerry de hace 12 años, hoy ya con todos sus servicios apagados

  • Tras el mes de prueba, he vuelto a mi smartphone, pero ahora lo uso de un modo diferente

Noelia Hontoria

Editora

El móvil es una herramienta valiosísima, pero, como todo, su utilidad real la determina el tipo de uso que hagamos de él. Nos puede ayudar a ser más productivos y a mantenernos en contacto con nuestros seres queridos, pero también es uno de los mayores enemigos de nuestra atención e incluso nos está costando la memoria.

Empiezo a ser muy consciente de ello, especialmente desde que un día miré cuántos desbloqueos de pantalla tenía en un día y superaban la centena. Me llevé las manos a la cabeza y decidí que había llegado el momento de pasar a la acción.

Un móvil viejo, que no tonto, reconvertido a teléfono básico

Así que me propuse volver a usar un teléfono sin internet. Pero aquí me encontré con algo que, en el fondo, esperaba que ocurriese: era una pésima idea para mi vida personal y profesional.

Mis amigos ya no llaman por teléfono y los planes no se organizan tocando a la puerta de casa. También recibo bastantes correos electrónicos del trabajo y necesitan una respuesta relativamente rápida (o por lo menos estar atenta). Así que dejar apagado mi móvil Android no era una opción.

Lo que hice fue rescatar una BlackBerry 9720 de hace 12 años para usarlo durante la jornada laboral y así estar concentrada en lo que importa. Desde el ordenador estoy perfectamente localizable para mi equipo y si en lo personal ocurría algo urgente, tenía la tranquilidad de que alguien me llamaría por teléfono: las noticias importantes no se dan por WhatsApp.

¿Por qué la BlackBerry 9720? Fácil: dentro de que es un móvil que me permite desconectar, sigue rindiendo de forma fabulosa y la calidad de las llamadas es estupenda. Estuve probando varias opciones de móviles realmente “tontos” que tengo por casa, pero la mayoría trabajan con redes 2G, que a día de hoy dan una calidad de llamadas bastante cuestionable.

Si me vas a decir que la 9720 no es un móvil tonto, tengo algo que matizar. Es cierto que en sus orígenes era de los modelos mejor conectados de la época, pero a día de hoy se ha quedado prácticamente en un pisapapeles desde que apagaron todos los servicios de BlackBerry en 2022. Así que para este “experimento” me ha servido perfectamente.

Lo que me ha quedado claro con esta prueba

No voy a decir que todo ha sido un camino de rosas ni que desde el primer día me he sentido súper liberada. Al contrario. Los primeros días de hecho notaba más alivio al terminar mi jornada laboral y recuperar mi smartphone, algo que me ha causado una cierta sensación de estrés y ansiedad que no sufro cuando tengo el teléfono a mano. Mentalmente sentía que tenía “cosas pendientes” porque sabía de sobra que al recuperarlo iba a tener decenas de WhatsApps por contestar y varias notificaciones pendientes.

Lo que más claro me ha quedado es que no usar un smartphone tiene fuertes consecuencias sociales. En mi caso, ni siquiera he podido renunciar a él un mes completo y he tenido que intercalarlo en función del horario. Por la mañana, mi BlackBerry totalmente silenciosa sobre la mesa; por la tarde, mi smartphone Android reclamando continuamente mi atención.

Hay algo que me ha puesto muy nerviosa y es que tardar horas en contestar un WhatsApp es penalizable. Tu entorno también está igual de afectado por la inmediatez que tú y no contestar un mensaje en un par de horas es motivo de enviar otro, y otro, y otro… hasta preguntar si te pasa algo. Me parece casi enfermizo y me ha hecho reflexionar por qué sentimos que tenemos ese “poder” sobre el tiempo y la atención de los demás. Esa imperiosa demanda de que nos hagan casito cuando nosotros queremos sin pensar si el resto estará haciendo cualquier otra cosa. O simplemente no quiere mirar el móvil.

La primera semana experimenté una sensación a caballo entre el FOMO y la urgencia de querer mirar el móvil continuamente. La segunda semana mejoró bastante este sentimiento y a partir de ahí el camino se hizo mucho más llevadero. Dejé de tener esa sensación fantasma de mirar el móvil sin motivo y, sinceramente, es el mejor alivio que podía sentir. Gracias a eso conseguí enfocarme más en el trabajo y terminar antes mis tareas.

El mayor problema del móvil creo que precisamente radica en esto: nos roba un tiempo precioso. Y no solo es el hecho de estar ‘scrolleando’ sin ton ni son: todas las veces que nos hace distraernos y nos quita el foco de aquello en lo que estemos concentrados influye mucho en el tiempo libre que tenemos al final del día. Nunca he tenido tanto tiempo libre para jugar a la Switch como el mes que dejé mi smartphone apagado mientras estaba trabajando. Y puede parecer una tontería, pero es un ratito de ocio que en mi rutina no suelo lograr tener.

No hace falta ser tan radical

La gran enseñanza que me he llevado de esta experiencia, ya concluida, es que es insostenible apagar el smartphone y dejarlo para siempre de lado. Realmente tampoco considero que haga falta ser tan extremista. Incluso, nuestro propio móvil lo podemos personalizar para que minimicemos las distracciones.

He aprendido lo importante que es usarlo de una manera consciente, pero sin quedarnos aislados de la sociedad. No me quiero perder los mensajes de mis amigos, pero tampoco me motiva ya que el móvil me vampirice a su antojo.

Merece la pena hacer este proceso e intentar adaptarse a este mes sin móvil mientras trabajamos o estamos haciendo cosas importantes, porque vamos a aprender mucho sobre nosotros mismos, nuestra paciencia, nuestro nivel de adicción… pero considero que estamos en un punto de no retorno.

Ya no podemos renunciar a los móviles inteligentes, por mi parte, tengo claro que tampoco quiero hacerlo. Me aportan muchísimo, solo necesitaba aprender a usarlo de una forma más inteligente para que no sea la máquina la que me domine.

Tras superar el mes con mi BlackBerry 9720 pensé en continuar con este método, pero en lugar de eso lo que hice fue configurar mi móvil principal para que no me comiese tanto tiempo y energía. Para mí, estos han sido mis pequeños gestos para reducir distracciones una vez que he vuelto a él:

  • Dejarlo fuera del alcance de la vista cuando estoy enfocada en otra tarea.
  • Ponerme temporizadores de máximo 20 minutos para las apps que más utilizo.
  • Poner horarios para establecer la pantalla en blanco y negro mientras estoy trabajando y a partir de la hora de la cena (esto reduce el atractivo visual).
  • Desinstalar aplicaciones que no utilizo o que no son imprescindibles.
  • Desactivar todas las notificaciones. Esto es lo que más me ha funcionado.

Como experimento personal, me ha parecido muy interesante volver a un móvil antiguo y ver cómo esa sensación de “me falta algo” de los primeros días se iba diluyendo con el tiempo. También he sido más consciente que nunca de que ya no podemos, en la mayoría de los casos, dejar de usar un smartphone, incluso yo misma no he podido llevar a cabo la prueba y tras terminar mi trabajo debía volver a mi móvil normal para que mi vida personal y profesional no se viera castigada.

Pero lo que más claro me ha quedado es que debemos ser más laxos con los demás y no ser nosotros quienes les impongamos esa inmediatez continua. Igual que tú no quieres estar todo el día atento del móvil, tampoco debes exigir que otros te contesten un WhatsApp en unos minutos. Si queremos reducir la dependencia del móvil, es trabajo de todos, como sociedad y no solo como individuos, que aprendamos a utilizar estos dispositivos como una buena herramienta y no como un grillete.

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