Un hombre compró acciones de Nokia porque le gustaban sus botas de goma. Cuando murió, convirtió a los ancianos de su pueblo en millonarios

  • El municipio finlandés de Pukkila recibió en 1962 acciones de Nokia de un vecino. No las tocó. Décadas después valían 90 millones

  • La cláusula que prohibía vender las acciones resultó ser la decisión más rentable que nunca tomó nadie en el pueblo

Iván Linares

Editor Senior

Nada hacía presagiar a mediados de 1900 que Nokia acabaría siendo el emporio tecnológico que alcanzó en los 2000. La empresa de Finlandia, que empezó fabricando botas de goma y neumáticos, no auguraba especial interés aparte del orgullo que tenían hacia ella los habitantes locales. Y de algunos inversores, como Onni Nurmi, un finlandés de un pueblo llamado Pukkila. Este finlandés emigró a Estados Unidos para ganarse la vida llevándose una dolorosa deuda: había arruinado a medio pueblo por un negocio que no funcionó.

El regreso. Nuestro finlandés errante volvió a su país quince años después decidido a pagar la deuda contraída con sus vecinos. Estuvo trabajando en Helsinki como administrador de fincas y allí le atrajo la bolsa de valores, pese a no tener experiencia en inversiones. Decidió adquirir títulos de Nokia, una empresa que en su momento no tenía nada que ver con la tecnología.

Logo original de Nokia, 1865. Imagen de Nokia

En 1959 hizo testamento: Onni Nurmi legó las acciones de Nokia que había comprado a su pueblo, el municipio de Pukkila. Con una condición: invertirlo en el bienestar de los ancianos de Pukkila. Murió tres años después sin hacer demasiado ruido. Tampoco su herencia llamó la atención, ya que pasó desapercibida. Eran 780 acciones de Nokia por un precio de unos 30.000 dólares de la época (unos 320.000 dólares actuales contando la inflación, según crónicas posteriores).

De repente, el pueblo era millonario. De fabricante de neumáticos, botas de goma y papel higiénico, a ser la mayor empresa de móviles del mundo. Las 780 acciones de Nokia que atesoraba el pueblo de Pukkila se multiplicaron debido a los sucesivos splits llevados a cabo por la empresa. También se multiplicó el valor de las acciones, junto con los dividendos acumulados. En Pukkila eran ricos.

Con tanto dinero en valores, el pueblo se dividió entre quienes querían cobrar y repartirlo y aquellos que deseaban cumplir con la voluntad de Onni Nurmi: destinar el rédito bursátil a los ancianos del pueblo. Finalmente se consiguió lo segundo: el centro de bienestar Onni se inauguró en Pukkila se terminó de construir en septiembre de 2007. Y abrió al año siguiente.

Infografía creada con ChatGPT

La paradoja. La cláusula que prohibía vender las acciones, redactada por un hombre sin formación financiera, resultó ser la decisión inversora más rentable que cualquiera habría podido tomar en Pukkila. Y supieron anticiparse para aprovechar la inversión ajena: Nokia cayó en picado a partir de 2007, arrasada por el iPhone y Android. Nunca recuperó su esplendor, pero el pueblo ya tenía su centro de mayores.

El Centro de Bienestar Onni sigue en pie, con su piscina, su gimnasio y su cafetería, en el centro de un pueblo de 1.700 personas que no habría podido permitírselo de otro modo. Nurmi no era inversor, no era tecnólogo y probablemente nunca imaginó un teléfono móvil. Solo era alguien que había contraído una deuda con su pueblo y pasó el resto de su vida intentando saldarla. Al final lo consiguió.

Imagen de portada | Knuttz (Flickr)

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