En 2007 nadie apostaba por Samsung y Nokia parecía intocable: así se forjó el vuelco en el mundo de los móviles

Nokia llegó a estimar un 40 % de cuota de mercado de dispositivos en el cuarto trimestre de 2007, antes de que el smartphone cambiara el tablero

Samsung y Nokia
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Manuel Naranjo

Editor

Samsung no derrotó a Nokia por una idea brillante de un día para otro. Lo hizo porque entendió antes que el móvil dejaba de ser un aparato y pasaba a ser una plataforma, con software, apps y un ritmo de cambios que no perdonaba a nadie. En esa transición, Nokia llevaba una mochila pesada: Symbian, una forma de diseñar teléfonos pensada para otra época y una velocidad de reacción que no encajaba con el nuevo tablero.

Samsung, en cambio, jugaba con otra ventaja: podía fabricar a escala, iterar rápido y, sobre todo, subirse a Android sin tener que defender un sistema propio a cualquier precio. Apuestó fuerte por el ecosistema ganador y lo escaló; un patrón que todavía se ve hoy, cuando Samsung se marca objetivos más pragmáticos de cara a 2026, con foco en vender bien y ajustar la estrategia, no solo en deslumbrar.

Nokia dominaba el mundo de los móviles, pero el tablero empezó a cambiar

Nokia llegó a estimar una cuota de mercado del 40 % en dispositivos en el cuarto trimestre de 2007, una cifra que hoy suena a ciencia ficción. Ese liderazgo se apoyaba en un catálogo enorme, acuerdos de distribución y un ecosistema como Symbian que, durante años, funcionó.

El problema es que el smartphone cambió las prioridades. De repente, el software, las apps y la experiencia táctil pasaron al centro. Nokia tardó en soltar lastre y el salto a una plataforma distinta se convirtió en un movimiento cada vez más urgente y cada vez menos a tiempo.

Samsung vio en Android una autopista y el Galaxy S fue el punto de ruptura

Samsung no tenía que proteger un sistema operativo propio con la misma intensidad. Cuando Android empezó a despegar como plataforma abierta, pudo apostar fuerte y escalar a velocidad industrial.

El momento clave llega en 2010 con el primer Galaxy S, anunciado en marzo y lanzado en junio de ese año. No fue el primer Android, pero sí uno de los primeros en convertir la receta en algo global: hardware atractivo, disponibilidad masiva y marketing a lo grande. A partir de ahí, Samsung empezó a poner cara al Android de gama alta en muchos mercados.

Galaxy S

La confirmación del cambio se ve en los números de la época: Samsung se convirtió en el principal fabricante de smartphones por volumen en 2011.

La ventaja que Nokia no podía copiar: integración vertical y riesgo calculado

Aquí Samsung tenía un arma silenciosa: su músculo como conglomerado. Pantallas, memoria, chips, producción a gran escala. Esa integración le daba margen para iterar rápido, ajustar costes y experimentar con formatos sin esperar a terceros.

El ejemplo más claro fue el Galaxy Note. Samsung lo presentó en IFA 2011 y lo lanzó a finales de octubre de 2011, empujando pantallas grandes cuando aún parecían un capricho. Hoy ese tamaño es normal, pero entonces fue una apuesta que marcó tendencia.

Galaxy Note

Mientras tanto, Nokia buscó un salvavidas con Microsoft en 2011, pero el reparto del mercado ya estaba muy encaminado. Y el final de esa etapa se certificó cuando Nokia completó la venta de su negocio de Dispositivos y Servicios a Microsoft el 25 de abril de 2014.

Pasaron los años, y aunque hubo alguna crisis de por medio, Samsung no perdió el trono Android. Ahí se vio otra diferencia: capacidad financiera, reacción rápida, control de cadena y una maquinaria capaz de absorber los golpes.

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