Seguramente tú suelas hacer como yo: usar el modo ahorro de energía del móvil sólo cuando la batería está al límite.
Yo he querido probar algo distinto: usarlo de forma continua durante una semana completa en mi Galaxy, como si fuera el ajuste normal del día a día. La experiencia ha sido más interesante de lo que esperaba, con ventajas claras… y también con renuncias que conviene tener muy presentes antes de dejarlo siempre activado.
Lo que cambia nada más activar el ahorro de energía
Desde el primer momento se nota que el móvil baja el ritmo. La pantalla reduce el brillo máximo, algunas animaciones se suavizan y el sistema empieza a ser más conservador con los procesos en segundo plano.
No es un cambio brusco ni molesto, pero sí perceptible si vienes de usar el Galaxy a pleno rendimiento. La sensación general es que el teléfono entra en un modo más “tranquilo”, pensado para aguantar más horas sin enchufe.
La batería dura más, y eso es innegable
Aquí no hay debate: el ahorro de energía funciona. En mi caso, la autonomía diaria mejoró de forma clara. Llegar al final del día con un 30-35 % de batería pasó a ser habitual, incluso con uso normal de redes sociales, mensajería y algo de vídeo.
No convierte el móvil en un dispositivo eterno, pero sí reduce esa ansiedad de mirar el porcentaje cada pocas horas, sobre todo en días largos fuera de casa.
Para tareas cotidianas como WhatsApp, correo, navegación o redes sociales, el Galaxy se comporta sin problemas. Todo es fluido y usable. El límite aparece cuando exiges un poco más: edición de fotos, juegos exigentes o multitarea intensa. Ahí el sistema prioriza el ahorro y se nota una respuesta más lenta. No es dramático, pero si usas el móvil como herramienta principal de trabajo o entretenimiento potente, acabarás desactivándolo en ciertos momentos.
Uno de los efectos menos visibles, pero más importantes, está en cómo el sistema gestiona las apps en segundo plano. Con el ahorro activado, algunas aplicaciones tardan más en actualizarse o en enviar notificaciones. No ocurre con todas, pero sí con aquellas que dependen mucho de procesos constantes. Si usas apps de domótica, seguimiento, coche conectado o trabajo colaborativo, este ajuste puede jugarte una mala pasada si no lo tienes en cuenta.
Por otro lado, el modo ahorro limita ciertas funciones de la pantalla para reducir consumo. En la práctica, esto significa menos brillo en exteriores y una frecuencia de refresco más baja. En interiores no molesta; sin embargo, en la calle o al ver contenido multimedia, se nota. No es que la pantalla empeore, pero pierde ese punto “premium” al que te acostumbras usando un Galaxy moderno.
Lo bueno: hay mucho margen de personalización
Aquí Samsung juega a favor. El modo ahorro no es un todo o nada. Puedes ajustar qué limita y qué no, permitiendo, por ejemplo, que ciertas apps sigan funcionando con normalidad o manteniendo algunas funciones activas. Esto hace que el modo sea más flexible y usable a largo plazo, siempre que te tomes unos minutos en configurarlo bien según tu uso real.
En mi caso, después de siete días, tengo claro que el modo ahorro de energía no es para llevarlo siempre activado sin pensar. Es ideal para días largos, viajes, jornadas fuera de casa o momentos en los que sabes que no podrás cargar el móvil. También funciona bien si tu uso es muy básico. Pero como ajuste permanente, acaba teniendo peajes en rendimiento, notificaciones y experiencia de pantalla.
Es cierto que cumple lo que promete, pero también deja claro algo importante: ahorrar batería siempre implica decidir qué estás dispuesto a sacrificar. Y cuando lo pruebas durante varios días, esas decisiones se vuelven mucho más evidentes.
Imágenes | Manuel Naranjo
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