Sí, el móvil —como el teléfono— nació para hablar, pero en apenas dos décadas que suene ha pasado de despertar curiosidad a encender alarmas. En su momento, atender una llamada era un acontecimiento que suscitaba curiosidad, cercanía e incluso expectación. Ahora, preferimos otras formas de comunicación como la mensajería instantánea.
Lo vemos en la calle, en el metro, en la oficina y en el salón de nuestra propia casa: los smartphone viven de WhatsApp y redes sociales, y el que no simplemente tiene silencio perpetuo, ni vibración ni sonido. ¿Que la pantalla se ilumina? Puede haber desconfianza y molestia. "¿Para qué me interrumpen?" Lo cierto es que usamos esta herramienta sin su función más fundacional.
Imagen: Marília Castelli para Unsplash
La dictadura de la mensajería. El declive de las llamadas se debe principalmente a un cambio cultural en la gestión de nuestra atención. Hay datos que respalda esto: la mensajería instantánea y las notas de audio superan de forma aplastante a la telefonía tradicional en todas las franjas de edad, así lo lleva confirmando la Fundación Telefónica desde hace unos ocho años.
Porque sí, apps como WhatsApp han triunfado debido a que nos otorgan control como receptores: podemos pausar la conversación, pensar antes de escribir, editar el mensaje y responder cuando queramos o podamos. Una llamada exige disponibilidad en el momento, secuestra tiempo sin permiso y puede fastidiar cualquier intento de concentración.
«Generation Mute». La distancia de la mensajería frente a la voz está más que registrada: tenemos al regulador británico de las telecomunicaciones, que acuñó el término con el que comienza este párrafo. ¿Por qué denominó así a los jóvenes de entre 16 y 24 años? Porque su análisis midió que apenas un 15% de ellos considera la llamada como la vía principal de comunicación, frente a más del 70% que prefiere el texto.
UN VISTAZO A...
De hecho, la brecha generacional es tan profunda que otro estudio determinó que un 25% de los usuarios de entre 18 y 34 años reconoce no descolgar jamás una llamada imprevista si no ha recibido antes un mensaje anticipando de qué se trata. Para estas generaciones que han crecido con una pantalla táctil, la llamada sin contexto es una exigencia que consideran desmedida.
Pérdida de inocencia. Otro factor por el que ha cambiado el panorama no es otro que el hartazgo. El hastío del spam telefónico: los registros de la CNMC reflejan que miles de millones de llamadas al año corresponden a campañas automatizadas de telemarketing, fraudes o bots que cuelgan a los pocos segundos para comprobar si la línea está activa.
Y claro, esta saturación de llamadas ha roto por completo la presunción de inocencia: ante un número que no está guardado como contacto, asumimos que se trata de un intento de estafa, una llamada comercial o una máquina buscando validar nuestros datos.
Sesgo y pánico. Como consecuencia, hemos reconfigurado el sonido del timbre. Y hay un informe que aporta un patrón psicológico bastante revelador: más de la mitad de los encuestados asocia una llamada inesperada con una mala noticia, una urgencia médica o un problema laboral.
Como las charlas distendidas y el ocio han pasado hacia los audios e incluso videollamadas, una llamada de voz no esperada ya no tiene ningún tipo de connotación festiva.
La respuesta de la industria. Los fabricantes y las operadoras se han replanteado la función más básica del móvil. La integración de asistentes de filtrado como el de Google —donde una voz contesta y transcribe los motivos antes de coger la llamada— demuestran que necesitábamos un escudo. En paralelo, iniciativas de organismos como la citada CNMC intentan taponar un canal que el spam ha terminado de marchitar.
Sea como fuere, la paradoja es que, la mayor innovación en telefonía consiste hoy en ponerle barreras para que nadie pueda hablar con nosotros sin aviso o autorización previa.
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