Para entender por qué a Rusia le ha costado tanto dar con una respuesta eficaz contra Starlink conviene partir de algo simple: derribar un satélite es un problema técnico enorme y, sobre todo, un problema diplomático que pocos países están dispuestos a asumir. Interferir su señal, en cambio, sale mucho más barato y no deja pruebas tan evidentes de un ataque directo contra infraestructura civil en órbita.
Ese parece ser el planteamiento detrás del Volna Kupol Garant, el nuevo sistema de guerra electrónica ruso que, según fuentes rusas y ucranianas, no busca destruir ni inutilizar de forma permanente los satélites de SpaceX. Su objetivo es más sutil: saturar las antenas receptoras hasta dejarlas temporalmente sordas. Y ese matiz importa, sobre todo si se tiene en cuenta lo que ha supuesto para Ucrania depender de la voluntad de Elon Musk para mantener la conectividad militar en los momentos más tensos de la guerra.
Apuntar al satélite, no al terminal
La mayoría de los sistemas de guerra electrónica conocidos hasta ahora se centran en las terminales de usuario, esas antenas planas que cualquiera puede comprar e instalar en casa. El Volna Kupol Garant cambia el enfoque: dirige un haz de radiofrecuencia estrecho y de alta potencia directamente hacia el satélite, no hacia quien está debajo.
Dmitry Kuzyakin, diseñador general del Centro de Soluciones Integradas No Tripuladas ruso, ha explicado que el sistema "no destruye físicamente la nave", aunque mientras dura la emisión, bloquea por completo la capacidad de ese satélite concreto para atender a los terminales de su zona de cobertura.
El complejo genera interferencia en ocho bandas de 62,5 MHz cada una, apoyado en una antena de matriz en fase capaz de orientarse con precisión hacia el objetivo.
Mientras estos sistemas de bloqueo copan titulares, más de 600 satélites de la constelación ya ofrecen conexión Direct to Cell, la tecnología que permite enlazar un móvil convencional directamente con un satélite sin antena externa, un terreno que amplía considerablemente lo que estos bloqueos tendrían que cubrir para ser realmente eficaces.
Un apagón que dura más de lo que parece
Aquí está el detalle que probablemente más debería preocupar a Ucrania: aunque cada satélite Starlink pasa relativamente poco tiempo sobre una misma zona por su órbita baja, los informes apuntan a que la interferencia sigue afectando la capacidad de recepción durante varios minutos después de que el sistema deja de emitir. En una situación de combate real, ese margen puede ser la diferencia entre coordinar una maniobra a tiempo o quedarse a ciegas justo cuando más se necesita la conexión.
Cada complejo, con sus seis módulos remolcados y dos antenas orientables por unidad, sería capaz de generar una zona de bloqueo de hasta 20 kilómetros cuadrados. No es una superficie enorme, pero coincide con el tipo de área que suele concentrar operaciones tácticas concretas.
El precio de hacerse notar
El problema del Volna Kupol Garant es el mismo que arrastran casi todos los sistemas de esta envergadura: para emitir tanta potencia necesita antenas activas y visibles, lo que lo convierte en un blanco relativamente fácil de detectar para la inteligencia electrónica ucraniana.
Ya hay reportes de unidades atacadas pocas horas después de ser localizadas, algo que resta parte del valor práctico a un sistema que, sobre el papel, resulta bastante disruptivo. A esto se suma el propio coste del despliegue: mantener varios complejos operativos a lo largo de una línea de frente extensa no es precisamente barato, y cada unidad requiere una fuente de energía constante para sostener la emisión.
Todavía no hay confirmación independiente de que el Volna Kupol Garant se haya usado en combate real, más allá de lo que aseguran fuentes rusas y ucranianas por separado. Y esa incertidumbre no es un detalle menor: en esta guerra en particular, entre acusaciones cruzadas y vídeos sin verificar, cada vez cuesta más distinguir qué sistema funciona de verdad y cuál solo cumple su papel como propaganda.
Imágenes | Dall-E con edición
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