Samsung quiere que la IA no te moleste. TM Roh cree que es mejor que trabaje en segundo plano

TM Roh resume su tesis con una frase muy directa: la mejor IA suele quedarse detrás, para que la experiencia sea más universal

TM Roh
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Manuel Naranjo

Editor

La IA está en esa fase en la que todo el mundo quiere enseñarla, ponerle un botón, un nombre y un icono brillante. Pero en el uso real, la mayoría no quiere hacer cosas con inteligencia artificial todo el rato. Quiere que el móvil haga mejor lo que ya hacía, sin convertir cada ajuste en una conversación, ni cada función en una demo.

Ahí es donde encaja la idea que está defendiendo TM Roh: la mejor IA no es la que más se ve, sino la que menos te obliga a pensar en ella. Que actúe como infraestructura, como una capa que acompaña y completa tareas, en lugar de quedarse en respuestas sueltas o en trucos para enseñar a los amigos.

Este enfoque también tiene un motivo menos glamuroso y más importante: la confianza. Cuando la IA entra en fotos personales, documentos, salud o datos sensibles, el usuario necesita sentir que no está cediendo el control cada vez que usa una función.

La frase clave: si tienes que “operar” la IA, algo falla

La idea se resume en una cita que lo deja bastante claro: si la persona tiene que estar pensando cómo manejar la IA para sacarle partido, la experiencia se vuelve menos universal. Por eso, según Roh, CEO de Samsung, lo ideal es que la IA se quede en segundo plano y aparezca cuando toca, no cuando quiere lucirse.

Traducido al día a día: que la IA sirva para terminar cosas. No solo para sugerir, sino para llevar una acción hasta el final con menos fricción. Ese matiz es importante porque es el salto entre una IA “de consulta” y una IA “de trabajo”, aunque el usuario no lo llame así.

TM Roh TM Roh, CEO de Samsung

De función a infraestructura

Roh plantea que no hay que sobrevalorar el impacto inmediato de una tecnología ni infravalorar su potencial a largo plazo. En la práctica, eso suele traducirse en una estrategia de integración: meter la IA en rutinas, dispositivos y servicios hasta que se vuelva normal.

Esa misma filosofía se ha visto en el discurso de la compañía alrededor de un ecosistema conectado, donde la IA se reparte entre categorías y no vive solo en un producto. La idea de una experiencia más unificada y personal, extendida a móvil, pantallas y hogar conectado, es coherente con una IA que acompaña y no una que interrumpe.

Cuando se habla de confianza, no es una palabra vacía. Si la IA participa en tareas personales, hay que pensar en cómo se diseña para servir bien a todo el mundo, incluidas personas vulnerables. Ese punto aparece como una obligación de quienes construyen la tecnología, no como un extra.

Y luego está ese detalle que pasa inadvertido: el lenguaje. Una IA que funciona en segundo plano también tiene que entender bien el contexto, ser más robusta con acentos, con frases imperfectas, con ruido, con órdenes a medias. Si no, obliga al usuario a hablarle en "su idioma" y volvemos al problema original.

Esta visión suena menos espectacular que una lista de funciones nuevas, pero puede tener más impacto. Si la IA se vuelve invisible, también se vuelve cotidiana. Y lo cotidiano es lo que acaba definiendo por qué un móvil se siente mejor o peor después de meses, no después de cinco minutos.

Imágenes | Dall-E con edición

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