Notificaciones de Telegram, de WhatsApp, algún aviso que se cuela del último juego que instalé, aplicaciones que abro por inercia… El smartphone mató al aburrimiento y ha hecho que tenga acceso permanente a cualquier rincón de Internet; a cambio de que ese acceso sea recíproco. Así que, con la intención de buscar tranquilidad y evitar las distracciones, me planteé la vuelta a un teléfono tonto. Los Nokia de toda la vida. Y no pude evitar hacer memoria.
He vivido la revolución del teléfono móvil, la de la cámara en los móviles, vi cómo menguaba la pantalla para crecer de nuevo. También asistí a la explosión de los smartphones tras un primer intento de BlackBerry y de Symbian. Si Apple entendió como ninguna el binomio entre pantalla táctil e Internet, Android supo llevar esa experiencia a los presupuestos más bajos. Y el mercado de las aplicaciones hizo el resto, no siempre para bien.
La psicología del smartphone
El teléfono inteligente no es malo de por sí, el problema llegó cuando los desarrolladores sobreoptimizaron sus apps para aprovecharse de nuestros mecanismos cognitivos. La dependencia de las redes sociales, con sus notificaciones, es un daño colateral que afecta especialmente a los adolescentes. Dado que todos estamos de acuerdo en que no hay que abusar del smartphone, también hay quien apuesta por desconectar por completo de él.
¿Qué mejor manera hay de desconectar del smartphone que volver a un teléfono que solo tiene llamadas y SMS? A lo sumo, el mítico juego de la serpiente. Aún recuerdo la de horas que le metí al dichoso juego en el primer móvil que tuve con él: el Nokia 3210. No voy a hacer la cuenta de años, que me deprimo.
El caso es que aún recuerdo lo que era usar el móvil para lo que servía básicamente: de teléfono. No era una herramienta de consulta 24/7, nadie te inundaba de mensajes porque el operador te los cobraba. Y no precisamente baratos.
El smartphone nos atrapa porque sus aplicaciones están diseñadas para absorbernos el tiempo como si pasaran un aspirador por encima. Las técnicas psicológicas de las apps hacen que no concibamos un momento de ocio sin tener el móvil en la mano. De hecho, a menudo me descubro mirando mi teléfono sin que realmente tenga nada que mirar. Con mi antiguo Nokia no me pasaba.
¿Realmente era tan bonita aquella época? Yo no creo en eso de que “el tiempo pasado siempre fue mejor”. La melancolía no va conmigo. Como recuerdo bien lo que era tener un teléfono tonto, sé que nunca podría regresar a uno.
No podría estar sin una buena cámara
¿Cómo vivir sin un buen telefoto en el móvil?
Para mí es un elemento básico. Y si tiene un buen telefoto, mejor que mejor. Como esto no cabe en un teléfono básico, si acaso una cámara testimonial, sé que no podría vivir más de un día con un Nokia de los de antes.
Hago muchas fotos. Durante mi tiempo de ocio y mientras trabajo, porque no siempre me apetece quitarle el polvo a la réflex para hacer una portada. Con el móvil la hago en un momento y la abro en Photoshop sin tener que trastear con la memoria SD. La calidad de mis smartphones personales es más que suficiente.
No quiero tener que pelearme con las conexiones
Un móvil “tonto” está hecho para desconectar. Y me parece bien, por supuesto. El caso es que a menudo necesito lo contrario: tener un buen punto de acceso con soporte para varios dispositivos, redes de alta velocidad y que estas sean modernas. No es algo para lo que un antiguo Nokia esté diseñado. Ni siquiera los modernos.
Mapas y navegación
Tener la cartografía de todo el globo a golpe de pantalla táctil, con navegación GPS punto a punto sin costes, es algo que no existe en los móviles más básicos. No podría vivir sin esto, creo que es súper cómodo no necesitar mapas físicos para saber cómo llegar a los sitios. Aunque haya ocasiones en las que aún utilice dichos mapas.
Pagar con el móvil
Me niego a llevar de nuevo la cartera solo para cargar con las tarjetas de pago. El móvil me ha resuelto parte de ese problema: solo he de salir de casa con él, puedo olvidarme de (casi) todo lo demás. Cuando aún no se habían popularizado los smartphones ni imaginé que esto sería posible en el futuro. Y ahora hasta podemos llevar los documentos de identificación para olvidar definitivamente la cartera.
No le dedico un apartado a los documentos porque, actualmente, no los admiten en casi ninguna parte. Cuando actualice este artículo será una tarea para el Iván del futuro.
La cartera es solo uno de los objetos que me ahorro llevar encima. Cuando iba con mi Nokia 3210 cargaba con mi Discman, varios CDs, una libreta con su bolígrafo, a menudo llevaba la cámara de fotos (en su momento ya tenía una Fuji digital con la friolera de 1,5 megapíxeles de resolución, la MX-1700), la Game Boy Pocket… Que todo eso quedara sustituido por un smartphone fue todo un alivio. Me parece realmente cómodo tener mil aparatos en uno solo.
Lo que sí echo de menos: despreocuparme de cargarlo
No todo en el smartphone es bonito. Y es que, por más que las baterías de silicio-carbono hayan suavizado el problema, la batería de los teléfonos inteligentes sigue siendo un asco. Antes cargaba mi Nokia y ni me preocupaba de llevar el cargador. Ahora no suelo salir de viaje sin, al menos, un par de powerbanks. Me quité de un montón de aparatos extra y al final he de acarrear con baterías, que no son ligeras.
Admiro a quienes pueden estar a gusto con un teléfono móvil clásico. Yo prefiero hacer un uso lo más sensato y sano posible de mi smartphone. Creo que es una alternativa igual de válida a la desconexión digital por dumbphone.
Imagen de portada | Iván Linares
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