Uno de mis objetivos para este 2026 es separarme lo máximo posible del teléfono y todo lo que conlleva. Menos redes sociales, descartada la consulta de tareas pendientes fuera del horario laboral y, en definitiva, quiero que el móvil no sea la solución fácil cuando tengo un rato muerto. Porque ¿quién no cae ante el smartphone con el primer síntoma de aburrimiento? Yo soy el primero, no me escondo.
La desintoxicación digital es una tendencia en alza: el móvil es un ladrón de atención. No por el dispositivo en sí, sino por la manera en que los algoritmos captan cada segundo de nuestro tiempo. Junto al doomscrolling, ese desplazamiento infinito que mantiene a nuestro cerebro enganchado a la dopamina. El mío ya tiene suficiente.
El detox digital suena bien hasta que intentas sumarte
Dormir con el móvil junto a la cama. Mal
Si el móvil abre la puerta a tantos males, pues controlemos su uso, ¿no? Este es el planteamiento de la desintoxicación digital. El problema es que no resulta fácil llevarla a cabo, porque la sociedad ha adoptado el smartphone como un objeto ubicuo e inamovible.
Hay que dar explicaciones por no responder los mensajes de WhatsApp o hacerlo tarde; nadie concibe que alguien no tenga un smartphone; el móvil es un objeto de deseo para quienes aún no cuentan con ese dispositivo: los menores de edad. Esa necesidad de estar permanentemente conectados, y de responder al instante, hace muy difícil desconectarse. Sobre todo cuando sentimos la presión de responder siempre.
No puedo separarme del teléfono porque mi trabajo depende de él: lo más seguro es que cargue con dos (personal y de análisis). Aun así, me abstengo de consultar el móvil después de la cena, lo dejo fuera del dormitorio, intento distraerme con otras cosas antes que encender la pantalla y me obligo a no contestar los mensajes conforme los recibo. Es un buen principio.
Estoy intentando desconectar. Y me cuesta. He conseguido parte de mi propósito, no sé si lograré cumplirlo antes de que acabe 2026. Y me he dado cuenta de un detalle: cuando lo comento con mis amigos, muchos me dicen que tengo suerte de poder planteármelo. Para la mayoría el detox digital es un lujo.
Desconectar es desaparecer: no todos pueden hacerlo
Desconectarse no depende solo de la fuerza de voluntad. En la desconexión influye el tipo de trabajo, si el jefe puede localizarnos cuando le plazca, entra en conflicto con la gestión de nuestras relaciones personales y, algo importante, depende de si podemos permitirnos el estar ausentes. La economía marca la diferencia, por eso comentaba lo del lujo.
Para muchos, apagar el móvil no significa descansar, sino desaparecer. Y cuando desconectar tiene consecuencias reales, la desintoxicación digital deja de ser un hábito saludable para convertirse en un privilegio. Creo que el verdadero reto no es aprender a usar menos el móvil, sino construir un entorno en el que podamos permitirnos, de verdad, dejarlo a un lado.
Imagen de portada | Iván Linares
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