Burning Man nació como experimento contracultural de desconexión tecnológica. Nadie pensó que un día llegaría Starlink

La hoguera arde todavía, pero lo que consume no es solo madera: son también los últimos vestigios del ideal de un mundo sin pantallas ni mercado

Bm2010 The Man
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Miguel Jorge

Editor

El festival que hoy conocemos como “Burning Man” tenía una idea original tan sencilla como radical: desintoxicarse del mundo moderno. Un espacio que nació como un ritual de huida del consumismo y del ruido tecnológico, un lugar para la autosuficiencia, la creación colectiva y la experiencia comunitaria desligada de las comodidades modernas.

El problema es que su eje central, esa “desconexión”, ha saltado por los aires.

Starlink y el ocaso. Sí, lo que empezó con quejas por la llegada de cobertura celular al desierto de Nevada en 2018, cuando algunos ya hacían videollamadas durante ceremonias o jugaban a Pokémon Go, ha culminado con la irrupción de Starlink.

La instalación de antenas satelitales en Black Rock City permite ahora que cualquier asistente pueda mantener conexión estable con el mundo, incluso para trabajar a distancia desde la arena, transformando el aislamiento en poco más que un simple decorado.

La colonización de Silicon Valley. El fenómeno no es aislado. Desde hace más de una década, el festival ha sido apropiado por las élites tecnológicas de Silicon Valley, que han introducido sus códigos, su dinero y sus lujos en un espacio concebido para rechazar justamente esos valores.

Elon Musk definió a Burning Man como “Silicon Valley”, y personajes como los hermanos Winklevoss o Mark Zuckerberg (este último llegando en helicóptero) convirtieron lo que debía ser un experimento social de descomodificación en una experiencia de marketing personal y espectáculo de poder adquisitivo. Lo que antaño fue radicalidad artística y espiritual, hoy parece reducido a un escaparate para magnates y startups en busca de un relato bohemio para acompañar a su identidad corporativa.

Mercado paralelo. Contaban en Insider que la introducción de servicios como el WiFi de Kevin LeVezu, disfrazado de ritual lúdico con sacrificios simbólicos como tragos de whisky (o incluso azotes para obtener acceso), no hace más que poner en evidencia que incluso las transgresiones están mercantilizadas.

El festival, que alguna vez se enorgulleció de no permitir el comercio, se ha transformado en una microeconomía de campamentos de lujo, alquileres exclusivos y servicios premium, que cuestan miles de dólares y alimentan un mercado paralelo incompatible con los ideales originales. El acceso a internet en el móvil, convertido en símbolo de la imposibilidad de escapar, refleja la mutación del evento en un “LARP” de millonarios disfrazados de nómadas digitales.

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Ausencias y nuevos compromisos. En los últimos años, la presencia de estos denominados como “billionaire Burners” ha ido menguando. En 2023, la edición quedó marcada por inundaciones que paralizaron el evento, en 2024 y 2025, las tormentas obligaron al cierre temporal de accesos, mermando la experiencia. A ello se suman las agendas sobrecargadas y responsabilidades personales de sus figuras más reconocibles.

Josh Kushner no acudió, ocupado en rondas de inversión para Thrive Capital y con su esposa, Karlie Kloss, en el final de su embarazo. Sam Altman, que confesó haber asistido media docena de veces, tiene ahora un bebé y se encuentra en plena competencia mundial por el talento en inteligencia artificial. Joe Gebbia, cofundador de Airbnb, acaba de ser nombrado primer “chief design officer” del gobierno estadounidense bajo la administración Trump... Así, la vida familiar, la política y los negocios parecen haber sustituido al desierto como prioridad.

El desgaste de un símbolo. El paso del tiempo y la notoriedad pública también explican el retiro parcial de estos magnates. Recordaba el Wall Street Journal que Larry Page y Sergey Brin, que llegaron a integrar Burning Man en la propia historia de Google (el primer doodle en 1998 fue un homenaje al festival y su filosofía influyó en la elección de Eric Schmidt como CEO), apenas son vistos en la actualidad.

La proliferación de teléfonos con cámara y la difusión inmediata de imágenes desde la “Playa” restaron anonimato y espontaneidad: asistir ya no significa perderse en la multitud, sino exponerse a la mirada global.

Musk y la paradoja. Elon Musk, más difícil de pasar inadvertido, se convirtió en una de las figuras recurrentes del evento desde comienzos de siglo. Su hermano Kimbal llegó a formar parte del consejo de Burning Man en 2023. Aun así, el propio Musk, omnipresente en redes sociales, no ha confirmado asistencia en esta edición y no ha hecho referencia alguna en su plataforma X.

Si finalmente acude, podría encontrarse con piezas artísticas críticas con su figura (y la de Starlink), reflejo de cómo algunos sectores del festival rechazan el protagonismo que han tenido las grandes fortunas en un espacio creado para desafiar precisamente las jerarquías sociales y económicas.

Un espíritu en agonía. En resumen, lo que queda del Burning Man original sobrevive a duras penas entre el polvo del desierto y la iconografía quemada de su pasado. El festival que proclamaba inclusión y autosuficiencia se enfrenta a la paradoja de haber sido fagocitado por quienes representan el vértice de todo lo contrario: el capitalismo global.

El resultado es un espejismo: un evento que se creía contracultural, pero que hoy parece indistinguible de la cultura que juró combatir, un Burning Man donde la hoguera ya no quema las viejas cadenas, sino sus propios cimientos, y dónde cualquier momento es susceptible de lo que tanto detestaba: convertir cualquier momento en viral a la distancia de una actualización de TikTok.

Imagen | Mike Q Victor, Duncan Rawlins

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