Soy una persona a la que le gusta tanto la tecnología que cuando empezó a dedicarse profesionalmente a ello (primero con docencia y ahora escribiendo y hablando para diferentes medios) lo vio como una bendición para seguir probando cosas nuevas. ¿El problema? Me cuesta desconectar. Mucho. Y es un arma de doble filo: lo mismo contesto un mail a las 21 de la tarde un sábado que me apunto a un partido de pádel un lunes a las 9 de la mañana.
Y eso tiene su letra pequeña: no estar donde tienes que estar. A lo largo de los meses he seguido diferentes prácticas para usar menos el móvil como convertirlo en el teléfono "soviético"de Broncano o seguir el consejo de un antiguo trabajador de Google vaciando la pantalla de inicio de apps. Ambos funcionaron más o menos bien, pero una vez concluidos volví a lo de antes sin darme cuenta. Como quien se echa un cigarro a escondidas porque no pasa nada tras una semana en el dique seco.
Aunque debo reconocer que soy una persona que cuando trabaja generalmente se abstrae y se concentra, pero las notificaciones me pasan factura. Eric Schmidt, ex CEO de Google y uno de los artífices de la era de internet en los móviles, contaba en el podcast Moonshots que cuando veía a jovenes trabajando en el ámbito de la investigación se preguntaba cómo hacían para trabajar con todos esos estímulos. Su respuesta fue tajante: 'Apagan el teléfono'. Así que he hecho lo mismo con todas las consecuencias.
Schmidt contaba después cómo la industria ha intentado monetizar todas nuestras horas despiertos con algo: "algún tipo de anuncio, alguna forma de entretenimiento, algún tipo de suscripción, y eso es completamente opuesto a la forma en que los humanos tradicionalmente han trabajado cuando se trata de examinar ideas a fondo y con reflexión". Yo no soy investigadora, pero mi trabajo sí que requiere de investigación y concentración para buscar fuentes, analizarlas y redactar. Dicho y hecho.
Al fin y al cabo y como explica la psicóloga experta en atención Gloria Mark para Business Insider, la duración promedio de la concentración frente a una pantalla es de solo 47 segundos. Hace dos décadas, era de 2,5 minutos. Concentrarse es bueno para todo, no solo para el trabajo: me cuesta estar en el cine sin sacar el móvil y si veo una notificación conduciendo en el sistema de infoentretenimiento del coche, se me van los ojos.
Mi móvil está apagado de 7 a 15h
Este experimento ha supuesto un cambio de paradigma en mi trabajo pero también en mi forma de vivir a día de hoy, un retorno a esa época en la que no llevaba el móvil encima. En la que no tenía internet. Ha sido algo así como volver a los 90, un ayuno de móvil de ocho horas con letra pequeña.
Porque sí, ha habido excepciones: tengo Telegram en mi ordenador, lo uso para hablar con un par de personas muy próximas a mí, pero también como bloc de notas y transferencia de archivos. Por otro lado, con el móvil apagado WhatsApp Web no tiene sentido, así que también ha habido ausencia de la app de mensajería por excelencia. Por otro lado, si tengo que entrar a la radio por teléfono, obviamente he tenido que encender el móvil. Y si tengo que hacer unas fotos para un análisis, más de lo mismo. Sentido común.
Paradas más cortas y menos interrupciones. Teletrabajo y eso implica cierto autocontrol: soy yo quien se pone las pausas y elige mis horarios dentro de lo encajable. Asimismo, trabajar en casa tiene sus ventajas, como por ejemplo sincronizar la pausa entre artículos con aprovechar para tender y responder a unos mensajes. Pero esta línea a veces se difumina: puedes parar porque has terminado un artículo y ya de paso responder a un mensaje o parar porque te ha llegado un mensaje y quieres contestar.
Me explico: con el móvil en silencio pero al lado la pantalla se enciende cuando llegan mensajes y eso ya no pasa. Así que esa distracción de segundos para contestar a algo para. Normalmente no eran conversaciones vitales y sí triviales y aplazables, aunque desgraciadamente me he perdido alguna que otra convocatoria de partido de pádel en Playtomic y en WhatsApp.
Esta segunda opción ya no existe y aunque es algo que hacía muy de vez en cuando (esa conversación que se queda a medias, como qué regalar a mi madre por su inminente cumpleaños), sí que ha tenido su lado positivo: una sensación de más fluidez y probablemente haya restado algunos minutos a la hora de terminar tareas.
Lo que también he perdido son llamadas y ha sido casi un alivio: el 90% era spam, el otro 10% se resume en mensajería profesional o personal. Un efecto colateral inesperado pero altamente deseado. Poca gente me llama salvo para cosas verdaderamente importantes (y normalmente, no demasiado buenas, sí, soy como la generación Z que ve un mal presagio si le llama alguien cercano), algo que no se ha producido esta semana.
El tema de la mensajería si que ha llegado a ser un poco fastidioso: ¿por qué hay repartidores que si no contestas al teléfono ni se acercan a casa? Esto igual da para su propio artículo, pero yo seguía estando en casa y disponible ante un timbrazo para coger paquetes. En algunos casos se ha solucionado sin mayor inconveniente que una segunda entrega ese mismo días, pero en otros ha supuesto un par de días de retraso que pueden ser esenciales si preparas una review a contrarreloj. O que me acerque yo a su nave.
Ya que estaba ciñéndome exclusivamente al trabajo en horas de trabajo, he intentado ser equitativa y no mirar ni responder a cosas de trabajo fuera del horario: mala suerte. He "pecado" entrando en Slack y eliminando mails para que no se acumulen. Tengo una asignatura pendiente: eliminar las apps de mi trabajo de mi móvil personal.
De hecho este experimento me ha hecho plantearme dos cosas: la primera es que olvidarse del móvil para cosas personales mientras trabajas es una buena idea que se traduce en esa sensación de más fluidez y agilidad al no tener que retomar temas, pero también en que es interesante tener un móvil de trabajo y un móvil personal. Nada nuevo: si los servicios de mensajería profesionales me llaman a mi móvil de trabajo, esa llamada no se pierde. Y sin apps profesionales en mi móvil personal, no tendría una tentación en la que caer.
¿Qué tal lo de hacer ayuno de móvil? Al concluir la hora de trabajo los primeros días acudí ávida al móvil como cuando salía volando al recreo tras horas de clase. Pero la realidad es que no me he perdido nada importante y no ha pasado nada. Es más, me ha ayudado a estar menos pendiente y restar minutos de uso del dispositivo, si bien reconozco que los primeros días tenía esa sensación de "tengo que ponerme al día".
No quiero olvidarme de un detalle importante: la batería de mi iPhone 15 Pro en un día normal me dura aproximadamente 24 horas. Para sorpresa de nadie, teniéndolo apagado ocho horas casi ha durado dos días naturales: lo pones a cargar antes del fin de tu primera jornada, lo apagas a las 7 am del día siguiente y lo vuelves a encender al salir del trabajo para que su último suspiro te dé para apagarlo el tercer día antes de entrar a trabajar.
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Portada | Foto de Rahul Singh Bhadoriya en Unsplash
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