Cuando vamos a comprar un smartphone, la decisión del sistema operativo se reduce a un binomio que todos conocemos: iOS o Android. Sin embargo, hubo un tiempo en el que un solo teléfono decidió no seguir las reglas: el HTC HD2. Su historia comenzó en 2009 con lo que parecía una condena, pues el fabricante taiwanés lo lanzó de fábrica con Windows Mobile 6.5, un SO que Microsoft había preparado como un parche temporal mientras llegaba Windows Phone 7. La cuestión es que, cuando llegó al mercado internacional, los de Redmond ya habían sentenciado al dispositivo sin actualizaciones. El HD2 nacía obsoleto sobre el papel, atrapado entre un software que no cambiaría y otro al que no le dejaban acceder.
Pero HTC, que por aquel entonces era uno de los fabricantes más populares, le había otorgado un hardware de altos vuelos para la época. Fue el primer teléfono en montar una pantalla de 4,3 pulgadas y uno de los pioneros en integrar un chip Snapdragon junto a 512 MB de RAM. Estas especificaciones, que hoy parecen de broma, sentaron las bases para que la comunidad se encargase de darle acceso a todo tipo de sistemas operativos. Lo nunca visto: de hecho, no hemos vuelto a tener un smartphone tan versátil en lo que se refiere a la personalización.
Un teléfono casi inmortal
Ante el abandono de la marca, la por aquel entonces gigantes comunidad de XDA Developers tomó los mandos. Gracias a un bootloader personalizado, los desarrolladores primero lograron hacer justicia e instalar el propio Windows Phone 7 (y luego 7.5 y 8). Pero las puertas ya se habían abierto de par en par y el HTC HD2 comenzó a recibir ports de cualquier versión de Android: desde la Froyo 2.2 hasta Android 8.1 Oreo. De hecho, en 2016, el teléfono logró ejecutar Android 7 a sus envidiables siete años de edad, superando en soporte extraoficial a cualquier terminal del mercado.
Imagen: Kaspar Metz en Flickr
No obstante, la "magia" de este bloque de metal y cristal no se limitó a los ecosistemas de Google y Microsoft. Los entusiastas lo utilizaron como un lienzo en blanco para instalar todo tipo de distros Linux: Ubuntu (y Ubuntu Touch), Debian, MeeGo de Nokia, Firefox OS. Incluso Windows RT, la versión para ARM de Windows 8 destinada a tablets y portátiles ultrabook.
Su capacidad para permitir el dual-boot fascinó a los más cacharreros. En Reddit, los usuarios que vivieron aquella época recuerdan con profunda nostalgia cómo optimizaban el sistema para liberar memoria y exprimir juegos exigentes en lo gráfico como Hearthstone, o cómo presumían ante sus amigos por correr versiones de Android que no se había lanzado en otros móviles más modernos.
El HTC HD2 es el último gran representante de una época romántica de la telefonía. Como bien saben los que empezaron en este mundillo muy pronto con terminales como el HTC Magic o el Desire, los primeros años de la década de 2010 fueron la edad de oro de las ROMs personalizadas y el modding. Actualmente, la industria está blindando sus dispositivos por completo en nombre de la seguridad y el control del sistema.
Es cierto que a cambio hemos ganado una longevidad por parte de los fabricantes sin precedentes —muchos teléfonos actuales prometen hasta siete años de actualizaciones—pero por el camino hemos perdido esa libertad absoluta para decidir qué software corre en el dispositivo por el que hemos pagado.
El HTC HD2 es ahora solo un recordatorio de que, en el fondo, los móviles no han dejado de ser ordenadores de bolsillo. Y que muy probablemente la industria nunca vuelva a permitir un smartphone tan indomable y versátil como este.
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